EN CADA CASTIYO Y CASTIYÓN HAY SU DOLOR DE CORASÓN. (Refrán sefaradí).

El nuevo Estado de Israel ha cumplido sus primeros 60 años. No sólo se tuvo el cuadragésimo y el quincuagésimo, y ahora el sexagésimo. No han sido estos aniversarios decenales los únicos hitos que han ido remarcando, y respondo con ello a ciertas voces provenientes de un embajador en la Unesco, los indudables, evidentes y fascinantes logros israelíes. Han sido veintiún mil mojones indicativos, uno por día si contamos mediante el calendario común, los que han ido señalizando ese crecimiento que ha culminado en el, sí, "milagro", "milagro" israelí, que ha hecho florecer el desierto a base de repoblar una tierra vacía y a golpes de experiencias colectivas vanguardistas de los kibutzim, alternando sus quehaceres pioneros y la elevación del espíritu, bien con oraciones, bien haciendo hijos, leyendo a Spinoza o Caro, bien escuchando o interpretando a Mozart o Albinoni. Sí, un milagro consistente en un Estado democrático, progresista y floreciente rodeado por la envidia, el odio y la incomprensión.
No son las anteriores rotundas afirmaciones una acumulación de tópicos que dan una supuesta legitimidad a Israel. No son argumentos que puedan ser desarmados por algún historiador de tres al cuarto, becado y financiado por intereses malsanos. Son hechos que, con independencia de la artificial aparición del llamado nacionalismo palestino, y también por él, deberían ser emulados por los países del entorno medioriental.
Comentaba Elías Sanbar, embajador de la AP ante la Unesco, que es un refugiado desde el mes de abril de 1948, cuando tenía catorce meses y lo expulsaron junto a su familia de la ciudad de Haifa. Fueron, dice, ochocientos mil los que sufrieron tal suerte, los que aún hoy, añado yo, sesenta años después, se autocalifican refugiados, sin que ninguno de los países musulmanes liberadores les haya dado acogida real. Pero miente con descaro el señor Sanbar cuando culpa a Israel de tal expulsión; miente y calla la verdad. Incluso tiene la desfachatez de calificarlo de pecado original. La verdad de los hechos es muy otra, diametralmente diferente. Los ciudadanos musulmanes de origen árabe del Imperio Británico -antes ya lo fueron del Otomano- que moraban en la región junto a miles de judíos que habían ido adquiriendo sus tierras a sus poseedores imperiales y otros miles de judíos cuyos ancestros nunca se habían movido de allí, nadie los expulsó de allí: aquellos ciudadanos británicos musulmanes huyeron al país afín a su ideario más cercano, Líbano. Los del sur ya habían sido traspasados como nuevos ciudadanos del recién inventado reino jordano.
Los padres de este personal que tanto se lamenta, como pedigüeños en las plazas públicas, obedecieron las advertencias que les llegaban del cielo más cercano, no del divino. Los aviones de la Liga Árabe lanzaron en los días previos al 14 de Mayo de 1948 cientos de miles de octavillas en las que anunciaban a los hijos de Alá una invasión de sus ejércitos, que arrasarían todo lo que se encontrara dentro de las fronteras de Israel, una vez consumado el acto de constitución. El mensaje decía explícitamente que todo quedaría arrasado, animal o vegetal. Ante tales perspectivas, muchos decidieron poner tierra de por medio, creyendo que se trataba de un simple traslado coyuntural. No pensaban que las belicosas hordas musulmanas serían derrotadas en todos los órdenes, configurando un nuevo mapa de la región, una nueva situación sociogeopolítica.

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