jueves, 28 de enero de 2010

ANUSIM

ANUSIM



Datada en el mes de Iyar, 21 del ómer; Mayo florido, pues. Ya deberían correr los calores del año judío de 5252. La fecha no estaba muy legible, porque el pliegue del papel, acartonado y de difícil color, recorría el renglón casi enteramente. El resto de hojas, en pergamino de pasta de trapo, presentaban deterioro en su contorno, pero en nada afectaba a los textos. Eran hojas sueltas, aunque parecían haber estado unidas entre sí por la cuerda de cáñamo cuyos restos aparecieron también en el fondo del cántaro de barro rojo. El comentario contextual de la fecha de inicio es mío. Preparo la grabadora y traduzco:

“” B”H”. No sé cuántos sábados han pasado. Después que los alguacilillos os prendieran junto al lanchón del Tunecino, nosotros nos fuimos sin dinero y sin cuartos. Durante muchos días los árboles del monte nos cobijaron de los ojos humanos, pero no del frío. Tampoco del hambre, pero éste era de los males el menos malo.
Madre, Yosef, el vecino, nos dejó hace muchos días. Dijo que se haría de ver para despistar, porque la gente del fraile andaba cerca con palos y puñales, y cuidaba de que no nos tomaran. Ignoramos qué habrá sido de él. Caminamos sin rumbo, manteniendo la ladera del monte, lo que nos permitió poder contemplar la mar durante algunos días. Luego, por cuanto el monte se alargaba y se alargaba en dirección norte, la visión se tornó más corta, y lo que antes era el azul del horizonte, luego fue el gris de las rocas. Siempre recordándoos.
Madre, he de pedirle perdón, por mí, por Rafael y por Sinaí. Lloro por la noche, no por los dolores del cuerpo, sino por no poder cumplir mis obligaciones con Hshm, bendito sea.
No sé qué será de usted. No sé qué será de nosotros.

6 y 7 de iyar.
B”H”. Quedó todo quemado. Sentí miedo por Rafael cuando le vi correr a lo largo de la pared blanca de la huerta. Sinaí y yo nos mantuvimos junto a la noria, como nos había advertido Rafael, so pena de alcanzarnos las llamas. Madre, el fuego era grande, y rubio como el rabí. Sus lenguas teñían el cielo del color de las tormentas. En algunos momentos, Madre, hemos tenido, Sinaí y yo, que agachar la cabeza hasta el agua, porque las llamas parecían buscarnos también. Y ha sido entonces cuando he visto las matitas del maíz con sus yemas junto a mis ojos, como me aconsejaba usted que las mirase.
Amo su nombre, Madre.

8 de iyar.
B”H”. Hoy no he visto a mi hermana en todo el día. Estoy cansado. El ganado ha estado muy trabajoso, porque las bandadas de tábanos han venido detrás del viento. No tengo noticias de Rafael. Desde que dejé de distinguir su camisón en la huerta mientras corría, no lo he vuelto a ver. Temo por él, porque últimamente estaba muy nervioso y no comía ni lo poco que afanábamos en las huertas. También es que oímos un gran vocerío mientras él corría. Malicio que le culpan del incendio o de algún mal, ya que cuando nos recogieron del lodazal, llorosos y sucios, alguien de entre los armados le dijo al principal que seguramente seríamos familia del jabato.
En el cortijo donde nos cobijaron nos ocupan en las tareas de la huerta, aunque a Sinaí la han puesto como una dama y, tan limpia y repeinada, está guapa. Yo ando con las vacas y con ellas duermo, en un rincón, junto a los cachivaches.

9 de iyar.
B”H”. Madre, ayer me quedé dormido mientras escribía. ¡Estaba tan cansado! Esta familia de la huerta tiene capricho con Sinaí, y la tienen como una reina. Yo, aunque no me puedo quejar, porque al menos acompaño al gañán en la comida, malvivo entre los verdes. Me he apañado unas abarcas, ya que los borceguíes estaban tan rotos y de tan mal aspecto que los dedos de los pies más bien parecían cabezas de galápagos, de tan hinchados. También escribo con una pluma de gallo de mi propia cosecha. La vasija de la tinta es muy peculiar y no creo que le gustase, ni que me sea hurtada. ¡Estaría loco el pillo! Madre, mojo la pluma en una boñiga fresca.
El día se está yendo y apenas veo ya. En un momento será Shabat y no tengo con qué ni cómo glorificar al Altísimo, como hacíamos con Padre, al que no olvido. Recitaré el Lejá Dodi y así dormiré tranquilo.

10 de iyar.
B”H”. Madre, he preguntado al gañán y éste a la doncella si había oído algo sobre Rafael y los apresados de Valencia. Sinaí, a la que he visto y abrazado esta mañana, tampoco sabe nada. Me ha traído bollos y pescado seco. Tengo ganas de llorar.

11 de iyar.
B”H”. ¡He visto parir a Cordobesa, la vaca vieja! Con la luz de los candiles y el ruido estaba yo como en un sueño. Cuando todo ha estado en calma, Juan, el gañán, me ha llevado a la puerta del establo y presentado ante el Maese y la Señora. Vestían el faldón y los calzones de diario, pero ella aún llevaba el gorro de dormir. El Maese sólo me ha mirado y le ha preguntado a la Señora cuál era mi nombre. Para sorpresa mía, ella lo sabía. Incluso le dijo los años que llevo morando en este mundo. Es de suponer que Sinaí les habrá puesto al día de todas nuestras cuitas.
Ya no pude seguir durmiendo, de tanta excitación. Más tarde y en plena faena nos han servido buena comida bajo el parral, a Juan y a mí. Luego, por ser domingo y por orden de la Señora, Sinaí me ha traído ropa limpia, aunque grande como para cubrir a tres jóvenes como yo.

12 de iyar.
B”H”. Hoy he ido a un mercado, acompañando a Juan en el carro. En el camino no he dejado de mirar a todos los huertanos, por si reconocía a alguno. Tuve miedo, porque también había gente armada y algunos a caballo. En la plaza, mientras esperaba entre las verduras, he estado atento a las voces y a los comentarios. Cuando volvíamos pregunté a Juan si había noticias y me respondió con la cabeza negativamente. El resto del camino, Madre, lo hice llorando en silencio.
Cuando llegamos, me acerqué a la puerta de la cocina, que estaba abierta y alumbrada por un candil. Aunque estaba sucio de porquería abracé a mi querida hermana, que me esperaba. Ella no lloró y me dijo que la Señora lo había arreglado todo. Sonreía y me pareció que era usted, Madre, de tan dulce.

13 y 14 de iyar.
B”H”. Madre, he tenido que quemar en la cocina un trozo de nea para poder escribirle. Ayer no me llevaron a la huerta y estuve todo el día en la casa, entre la cocina y el emparrado, haciendo nada de nada. Como no me han dejado acercarme al establo, le pedí a Trinidad que me trajese, al menos, las telas escritas y para escribir, cosa que hizo y las mismas que ha escondido en la leñera para que no hiedan a mierda. Estoy como en la Gloria, porque de cada guiso, Trinidad me ha dado una probadita y los olores son tan diferentes de los del establo como la noche del día. El remate del goce ha sido dormir sobre los cojines del banco del costurero, en el ventanal de la cocina.
La gran vergüenza ha sido el baño. Estoy enfermo de vergüenza, porque Trinidad me ha sacado las trizas de pellejo en la tina, bañándome. Me ha fregado y refregado a su antojo, y luego se ha ido, dejándome a oscuras. Por eso escribo a la luz de la lumbre.

15 de iyar.
Le pido perdón a Adonay, bendito sea. He sido indigno. No merezco vivir. Todos nos han abandonado a Sinaí y a mí y solos sufrimos nuestro pecado. Las risas de la Señora, de Maese, de Trinidad y de Juan me duelen en el alma. Las lágrimas me impiden ver el pliego donde escribo. Nunca una pena me ha impedido respirar como la que siento ahora. Necesito su abrazo, Madre. Ya nunca seré yo. He pecado y suplico el castigo.
Amanecí siendo un alegre jovencito judío y con el sol en lo alto viajé junto a mi amada Sinaí en el carromato de Maese. La Señora iba sentada junto a él. Nadie hablaba y Sinaí no quiso levantar la cabeza para mirarme en todo el recorrido.
Ya no recuerdo casi nada, porque lo ocurrido en el resto del día me parece un mal sueño y aún estoy como en tormento. De la mano de la Señora y de su esposo entramos en la iglesia de la plaza, junto al mercado. Un fraile nos tomó por los hombros y nos condujo hasta un rincón oscuro, junto al portón de entrada, donde había un pilón de piedra. Maese y la Señora se colocaron detrás nuestra, como abrazándonos. No supe qué era todo aquello hasta que el fraile pronunció algunas palabras en soliloquio y rezó en cristiano con los señores. Miré a mi hermana, que seguía con la cabeza gacha, y comprendí. De pronto supe lo que estaba pasando, pero ya el fraile echaba agua del pilón sobre nuestras cabezas.
Desde esta mañana estoy muerto, Madre. “”

El resto de las hojas aparecen con fechas consecutivas desde el 16 de iyar, la primera, hasta el 6 de Tamuz, la última. No hay nada escrito en los espacios entre fecha y fecha.

Haim.

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