martes, 8 de diciembre de 2009

QUIEN SE ETCHA CON EL GATO, SE ALEVANTA ARRESCUNIADO.

QUIEN SE ETCHA CON EL GATO, SE ALEVANTA ARRESCUNIADO. Refrán sefaradí.


Enterrar a Europa. Triste fin para una triste Europa. Bernard-Henry Lévy lo acaba de vaticinar bajo la excusa de repudiar el debate iniciado en Francia sobre Identidad Nacional. Según Lévy, lo que no pudo conseguir el fascismo ni el vitriólico nazismo, lo van a conseguir los impulsores de esta iniciativa, con un debate intencionado para afianzar la identidad francesa, cuando la identidad que está en verdadero peligro es la europea. Clama verdaderamente preocupado contra las histéricas gesticulaciones izquierdistas en manifestación de su patriotismo, expuestas, según él, para “no-abandonar-en-manos-del-Frente-Nacional” (Le Pain) la cuestión. Pero, ¿qué cuestión? Ya que no debemos adentrarnos en aguas peligrosas sin las debidas precauciones, habría que definir primero de qué identidad hablamos cuando de identidad europea hablamos. Y este es un asunto en el que los únicos que se han mojado han sido los políticos-monaguillos del Vaticano; naturalmente, para reclamar la paternidad de la criatura. No he advertido que Lévy haya dejado clara su postura en ninguno de los sentidos. Sin embargo, reprender, sí que reprende, pasando por el asunto como mariposa sobre un prado. En sus últimas y fresquitas manifestaciones lanza lo que él mismo llama una nube de tinta para ocultar una cuestión embarazosa.
Soy de los convencidos de que los políticos, cuando su actividad les lleva al Parlamento europeo, se desembarazan de sus ideologías y se corporativizan. Salvo excepciones, estos profesionales de lo público se disuelven en la sopa boba de la mayor de las burocracias. Por ello y a pesar de que las designaciones son absolutamente opacas, asombra constatar que los elegidos para la más alta representación política europea ya han sido calificados como de escaso perfil por los mismos veintisiete jefes de estado y de gobierno que los han elegido. Paradójica situación la del nuevo presidente, con dudosa legitimidad y escéptico apoyo. Entre sus prerrogativas no se encontrarán, de seguro, poner coto al furioso desembarco islamista camuflado de inmigración, el rescate de las ex-repúblicas soviéticas de las garras de Putin y Medveded, la definición del “europeísmo” y la reconversión de Europa, pasando de ser la viejecita del ático a ser la espléndida ocupante de la suite principal. Para la personación y negocio en tales asuntos deberá contar con la aquiescencia, guión y pre-lectura de sus favorecedores. Esta es la caricatura de la Europa que comenzó a forjarse tras los Tratados de París y hoy disfrutamos. Para Lévy es como si estuviera rota, ya que los sueños de aquella enclenque “gauche divine” se han desvanecido, se han desmoronado sin llegar siquiera a simple proyecto. Aunque cierra los ojos ante la evidencia de que ni el fascismo ni el nazismo fueron del todo vencidos en aquella sucesión de batallas, Lévy lleva razón cuando dice que trajo la amistad para enemigos ancestrales como Alemania y Francia.
No parece que el ministro francés de identidad nacional, Eric Besson, pretenda crear un debate (que a nadie interesaría) sobre la importancia de Francia para Europa, llevando tras de sí, como ristra de ruidosas cacerolas, toda sarta de eslóganes, afiches y lugares comunes que aún circulan por ese país, pese a la eficacia de la guillotina revolucionaria. La iniciativa de Besson más bien parece relacionada con el reciente plebiscito en los cantones suizos. Desde Carlos el magno los franceses han sido muy franceses, galos muy galos. Pero este panorama ha ido cambiando desde hace algunos decenios debido al abundante, masivo flujo de inmigrantes magrebíes. Es verdad que esta invasión la han padecido casi todos los países europeos, pero en Francia ha sido especialmente masiva. Contrariamente a lo que dice Lévy, considero que la salud de la identidad francesa, así como la europea, se agrava con el tiempo, y un debate en ese sentido es vital en una Francia y una Europa que “cada vez sabe menos lo que es, lo que quiere y lo que puede esperar”. Ni Francia ni, por supuesto, Europa pueden quedarse “expectantes ni eclipsarse” ante quienes ya están aquí, ni “inclinarse, con un milenio (yo diría dos decenios) de antelación, ante su espíritu”. Mantener los valores propios, fortalecerlos, no es remar contra la construcción de una Europa que, hoy, aún sigue creyendo que su proyecto es una quimera, y sigue bogando erráticamente en el mar de las ideologías.
Haim.

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