ESPÁNTATE DE TUS AMIGOS. A TUS ENEMIGOS YA LOS CONOCES.
ESPÁNTATE DE TUS AMIGOS. A TUS ENEMIGOS YA LOS CONOCES. Refrán sefaradí.
“Tengo la misma vigilancia que el primer ministro y que la reina”. Con estas palabras viene a resumirle Kurt Westergaard a una periodista la situación de cautiverio camuflado en la que vive. En su estudio, el tranquilo y verde paisaje que se vislumbra desde el ventanal es un sueño. La imaginación, siempre ágil y juguetona, retoza entre el follaje, mientras un débil rayo de un sol se desparrama lánguidamente, sin calor, sobre la mesa de trabajo repleta de cachivaches, lápices, tinteros, plumas y dos macetas de cerámica blanca que dan cobijo y sustento a unas plantitas de helecho. Es un bello decorado para una trinchera en la que las únicas armas utilizadas son los lápices y plumillas. Es una trinchera cavada en defensa de la libertad de expresión, en el sordo fragor de una guerra iniciada con la publicación de una caricatura de Mahoma con una bomba entre los pliegues del turbante, cuyo autor fue este danés septuagenario. Junto a este dibujo aparecieron otra docena de viñetas humorísticas sobre el Islam.
En la airada y tumultuosa reacción mahometana, sangrienta venganza, hubo decenas de asesinados en el mundo, así como incendios y pillajes en países islámicos sobre edificios propiedad de países civilizados. Los islamistas quisieron ver a Westergaard entre los muertos y para tal destino lo condenaron. Y comenzó así su huida, en un constante cambio de residencia, de hábitos durante casi cinco años hasta que, por fin, el Estado danés se ha comprometido en su seguridad, dotándolo de vigilancia permanente en su domicilio de Aarhus, en la península de Jutlandia. Pero previamente se ha tenido que producir un intento de asesinato en cumplimiento de las “fatwas” emitidas por algunos clérigos furibundos, condenando la blasfemia cometida por el dibujante con su caricatura. Ocurrió a primeros de este año en el mismo estudio donde ahora este artista reflexiona sobre los acontecimientos que le han sobrevenido desde aquel día de septiembre de 2005 en que vio su pequeña obra publicada, una más, en el Yillands Posten, y deja que su mirada vaya y venga a su aire, sin detenerse en ningún sitio específico, siguiendo las redondeces, las aristas, de los objetos, como si fuera una cámara de video manejándose sola y sin control. Ocurrió el primer día de este año cuando jugaba con su nieta, la que, paradójicamente, salvó la vida al abandonarla y huir él, refugiándose en una habitación blindada. El terrorista -adicto al Islam, 28 años, somalí residente y perceptor de beneficios sociales en Dinamarca-, blandía un arma tan sutil como un hacha de tres kilogramos.
Cabe preguntarse qué es lo que realmente encierra el cerebro de un islamista, cuáles son los activadores que excitan su violencia mental y lo incitan a transformarla en muerte. En lo más profundo del cerebro humano, en la llamada glándula pineal, de común se piensa que existe el germen de la violencia humana, la agresividad más primaria, el instinto, pero también la bondad y la capacidad de embeleso ante el vuelo ingrávido del pájaro colibrí. ¿Por qué, entonces, estos musulmanes están permanentemente en defensiva guerra contra Occidente, que les sirve como referente y como destino único donde mitigar sus miserias? Dinamarca, concretamente, patria de Kurt Westergaard, es la “estación términi” de medio millón de musulmanes, el cuatro por ciento del censo general, que consumen el 40 por ciento del gasto social. Esta situación privilegiada de completo bienestar no ha sido óbice para que de forma tácita y sin que se sepa el origen de la orden, tienen prohibido casarse con no musulmanes y mezclarse con la población nativa, para que desde hace décadas venga incrementándose las amenazas por abandono del Islam y los intentos de casamientos forzados de niñas con parientes lejanos. Ello sin olvidar la existencia de organizaciones anti-judías integradas por musulmanes que, como la Hizb-ut-Tahrir, hacen públicas sus intenciones de matar a todos los judíos y constituirse, no más allá de 40 años, en mayoría suficiente para implantar las leyes islámicas. Estos hechos son miméticos, si no menos virulentos, a los que a diario se desarrollan en el resto de Europa.
Estoy convencido de que si para el ser humano en general la experiencia, las vivencias, el tránsito cultural entre lo biológico y lo social producen lo que llaman “compleja conducta humana”, en la que lo divino, la bondad, se extiende hasta el infinito, en esta gente islamista se constriñe en lo diabólico, la maldad. Esta relación entre las dos opciones no es superficial ni casual, sino profunda y causal. Al respecto, los racionalistas suscriben inocentemente lo manifestado por Michael S. Gazaniga: “Nuestras creencias están en la raíz misma de nuestra actividad cognitiva. Este hecho impresionante me da la esperanza que, descubriendo la naturaleza de nuestro cerebro, llegaremos a comprender los mecanismos de formación de nuestras creencias y de esta manera seremos más tolerantes frente a la diversidad de las convicciones humanas”. Como contrapunto me viene a la memoria una anécdota, que en sí misma compendia lo que venimos diciendo sobre la compleja conducta humana:
“Un profesor pregunta a sus alumnos, entre los que se encontraba el judío Albert Einstein: ¿Creó Dios todo lo que existe?
-Sí, responde un alumno.
El profesor insiste: -Entonces, si el mal existe porque Dios lo creó, Dios es malo.
El alumno calla avergonzado. Einstein interviene y pregunta al profesor: -¿Existe el frío?
-Por supuesto, contesta rotundo el interpelado.
-Pues el frío, señor, no existe. Según la Física, el frío no es más que ausencia de calor. El término “frío” se ha inventado para definir la impresión que nos causa la falta de calor.
-Y hay más, señor, continúa el estudiante Einstein: -¿Existe la oscuridad?
-Es evidente. Apague las luces y lo comprobará.- Responde el profesor algo cohibido.
-Pues, Sr. Profesor, la oscuridad tampoco existe; no es más que la ausencia de luz. Ésta se puede estudiar, descomponer y medir. La oscuridad, no. La oscuridad, al igual que el frío, es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.
-Muy bien, Einstein, ¿tiene Vd. alguna otra pregunta capciosa?
-Si me permite, señor, preguntarle finalmente: -¿Existe el mal?
-Desgraciadamente, mozalbete, no hay más que abrir la prensa para comprobarlo. Crímenes, violaciones, violencia por doquier…son cosas del mal.
-Pues, según me enseñaron mis padres y aprendí en mi comunidad, profesor, el mal tampoco existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios. El mal es, también, un término ideado por el hombre para describir esa ausencia de Dios.”
Habrá que deducir, pues, que la actividad de los islamistas en pro del terror deviene de la ignorancia de Dios, del fanatismo de un dogma inspirado en supuestas revelaciones religiosas, de la pobreza cultural y deformación moral que conlleva. Esta definición es la que generalmente sirve de base para el común, aunque liviano, rechazo occidental a las fórmulas políticas y sociales que proclaman los estados donde han conseguido arraigar aquellas excluyentes aberraciones.
Puesto que el combate contra la maldad se da en la cuna, en el hogar, en la escuela, en las instituciones, cuanto más temprano se haga, mejor. Pocos consejos, pocas normas, sólo buenos consejos, ya que es evidente que de aquellos eriales no es posible esperar mejor cosecha.
Haim.
http://haimfer.blogspot.com/
“Tengo la misma vigilancia que el primer ministro y que la reina”. Con estas palabras viene a resumirle Kurt Westergaard a una periodista la situación de cautiverio camuflado en la que vive. En su estudio, el tranquilo y verde paisaje que se vislumbra desde el ventanal es un sueño. La imaginación, siempre ágil y juguetona, retoza entre el follaje, mientras un débil rayo de un sol se desparrama lánguidamente, sin calor, sobre la mesa de trabajo repleta de cachivaches, lápices, tinteros, plumas y dos macetas de cerámica blanca que dan cobijo y sustento a unas plantitas de helecho. Es un bello decorado para una trinchera en la que las únicas armas utilizadas son los lápices y plumillas. Es una trinchera cavada en defensa de la libertad de expresión, en el sordo fragor de una guerra iniciada con la publicación de una caricatura de Mahoma con una bomba entre los pliegues del turbante, cuyo autor fue este danés septuagenario. Junto a este dibujo aparecieron otra docena de viñetas humorísticas sobre el Islam.
En la airada y tumultuosa reacción mahometana, sangrienta venganza, hubo decenas de asesinados en el mundo, así como incendios y pillajes en países islámicos sobre edificios propiedad de países civilizados. Los islamistas quisieron ver a Westergaard entre los muertos y para tal destino lo condenaron. Y comenzó así su huida, en un constante cambio de residencia, de hábitos durante casi cinco años hasta que, por fin, el Estado danés se ha comprometido en su seguridad, dotándolo de vigilancia permanente en su domicilio de Aarhus, en la península de Jutlandia. Pero previamente se ha tenido que producir un intento de asesinato en cumplimiento de las “fatwas” emitidas por algunos clérigos furibundos, condenando la blasfemia cometida por el dibujante con su caricatura. Ocurrió a primeros de este año en el mismo estudio donde ahora este artista reflexiona sobre los acontecimientos que le han sobrevenido desde aquel día de septiembre de 2005 en que vio su pequeña obra publicada, una más, en el Yillands Posten, y deja que su mirada vaya y venga a su aire, sin detenerse en ningún sitio específico, siguiendo las redondeces, las aristas, de los objetos, como si fuera una cámara de video manejándose sola y sin control. Ocurrió el primer día de este año cuando jugaba con su nieta, la que, paradójicamente, salvó la vida al abandonarla y huir él, refugiándose en una habitación blindada. El terrorista -adicto al Islam, 28 años, somalí residente y perceptor de beneficios sociales en Dinamarca-, blandía un arma tan sutil como un hacha de tres kilogramos.
Cabe preguntarse qué es lo que realmente encierra el cerebro de un islamista, cuáles son los activadores que excitan su violencia mental y lo incitan a transformarla en muerte. En lo más profundo del cerebro humano, en la llamada glándula pineal, de común se piensa que existe el germen de la violencia humana, la agresividad más primaria, el instinto, pero también la bondad y la capacidad de embeleso ante el vuelo ingrávido del pájaro colibrí. ¿Por qué, entonces, estos musulmanes están permanentemente en defensiva guerra contra Occidente, que les sirve como referente y como destino único donde mitigar sus miserias? Dinamarca, concretamente, patria de Kurt Westergaard, es la “estación términi” de medio millón de musulmanes, el cuatro por ciento del censo general, que consumen el 40 por ciento del gasto social. Esta situación privilegiada de completo bienestar no ha sido óbice para que de forma tácita y sin que se sepa el origen de la orden, tienen prohibido casarse con no musulmanes y mezclarse con la población nativa, para que desde hace décadas venga incrementándose las amenazas por abandono del Islam y los intentos de casamientos forzados de niñas con parientes lejanos. Ello sin olvidar la existencia de organizaciones anti-judías integradas por musulmanes que, como la Hizb-ut-Tahrir, hacen públicas sus intenciones de matar a todos los judíos y constituirse, no más allá de 40 años, en mayoría suficiente para implantar las leyes islámicas. Estos hechos son miméticos, si no menos virulentos, a los que a diario se desarrollan en el resto de Europa.
Estoy convencido de que si para el ser humano en general la experiencia, las vivencias, el tránsito cultural entre lo biológico y lo social producen lo que llaman “compleja conducta humana”, en la que lo divino, la bondad, se extiende hasta el infinito, en esta gente islamista se constriñe en lo diabólico, la maldad. Esta relación entre las dos opciones no es superficial ni casual, sino profunda y causal. Al respecto, los racionalistas suscriben inocentemente lo manifestado por Michael S. Gazaniga: “Nuestras creencias están en la raíz misma de nuestra actividad cognitiva. Este hecho impresionante me da la esperanza que, descubriendo la naturaleza de nuestro cerebro, llegaremos a comprender los mecanismos de formación de nuestras creencias y de esta manera seremos más tolerantes frente a la diversidad de las convicciones humanas”. Como contrapunto me viene a la memoria una anécdota, que en sí misma compendia lo que venimos diciendo sobre la compleja conducta humana:
“Un profesor pregunta a sus alumnos, entre los que se encontraba el judío Albert Einstein: ¿Creó Dios todo lo que existe?
-Sí, responde un alumno.
El profesor insiste: -Entonces, si el mal existe porque Dios lo creó, Dios es malo.
El alumno calla avergonzado. Einstein interviene y pregunta al profesor: -¿Existe el frío?
-Por supuesto, contesta rotundo el interpelado.
-Pues el frío, señor, no existe. Según la Física, el frío no es más que ausencia de calor. El término “frío” se ha inventado para definir la impresión que nos causa la falta de calor.
-Y hay más, señor, continúa el estudiante Einstein: -¿Existe la oscuridad?
-Es evidente. Apague las luces y lo comprobará.- Responde el profesor algo cohibido.
-Pues, Sr. Profesor, la oscuridad tampoco existe; no es más que la ausencia de luz. Ésta se puede estudiar, descomponer y medir. La oscuridad, no. La oscuridad, al igual que el frío, es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.
-Muy bien, Einstein, ¿tiene Vd. alguna otra pregunta capciosa?
-Si me permite, señor, preguntarle finalmente: -¿Existe el mal?
-Desgraciadamente, mozalbete, no hay más que abrir la prensa para comprobarlo. Crímenes, violaciones, violencia por doquier…son cosas del mal.
-Pues, según me enseñaron mis padres y aprendí en mi comunidad, profesor, el mal tampoco existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios. El mal es, también, un término ideado por el hombre para describir esa ausencia de Dios.”
Habrá que deducir, pues, que la actividad de los islamistas en pro del terror deviene de la ignorancia de Dios, del fanatismo de un dogma inspirado en supuestas revelaciones religiosas, de la pobreza cultural y deformación moral que conlleva. Esta definición es la que generalmente sirve de base para el común, aunque liviano, rechazo occidental a las fórmulas políticas y sociales que proclaman los estados donde han conseguido arraigar aquellas excluyentes aberraciones.
Puesto que el combate contra la maldad se da en la cuna, en el hogar, en la escuela, en las instituciones, cuanto más temprano se haga, mejor. Pocos consejos, pocas normas, sólo buenos consejos, ya que es evidente que de aquellos eriales no es posible esperar mejor cosecha.
Haim.
http://haimfer.blogspot.com/

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