QUITARLO DEL GEP Y METERLO A LA FALDUQUERA, GAYICO LOCO.
QUITARLO DEL GEP Y METERLO A LA FALDUQUERA, GAYICO LOCO. Refrán sefaradí.
No seré yo quien vuelva a concitar exclusivamente sobre Juan Goytisolo los reproches obligados a los que como él utilizan la Biblia, apuntando a D-s, para dar rienda suelta a sus propias frustraciones, para arrojar en el retrete de sus escritos cuantos sapos la vida les ha ido haciendo tragar por la maldad de los hombres, de la mujeres, de ellos mismos, para cumplir con la cuota mensual de su editor o, sencillamente, porque les mola. Aunque sí me voy a referir a él en lo que respecta al artículo que ha escrito en el que es su medio natural, aunque afortunadamente no muy asiduo: El País. Procuraré hacerlo sin rencor, porque las referencias a la Biblia que hace son del todo simple quincallería, monedas fraccionarias que intercambian todos aquellos que pretenden se les justifique desfilar con el paso cambiado.
Por un lado, he constatado que si le pides a cualquier cristiano que te diga qué fruta ofreció Eva a Adán, con toda seguridad responderá que era una manzana y así ha quedado plasmado oficial y exhaustivamente en la iconografía vaticana. Si los musulmanes te dicen que se trataba de un higo o de un vaso de vino, te darás cuenta de que hasta la interpretación de los textos del Libro Sagrado es personal e intransferible. Por otro lado, también es fácilmente constatable el número importante de consuetudinarias coincidencias que las dos religiones monoteístas y dogmáticas, cristianismo e islamismo, presentan en sus prácticas. Justamente en el campo de las personales deducciones se penetra en el artículo de opinión antes mencionado, cuando Goytisolo, de las cerca de 800.000 palabras que contiene la Biblia, se detiene y resalta exclusivamente las referidas a la destrucción de Sodoma y Gomorra -de donde desovilla el texto que presenta, al parecer reflejo de sus obsesiones y fijaciones juveniles- y a lo tremebundo, colérico, envidioso y rencoroso que considera puede llegar a ser D-s cuando el hombre, colectiva o solitariamente, se le descarría en el cumplimiento de sus mandatos. Se refiere al enfermizo adoctrinamiento recibido de los frailes, en concreto a las reiteradas y tenebrosas alusiones al “pecado impuro contra natura”. Estos tormentosos recuerdos, en los que las enseñanzas franciscanas se entremezclan con afirmaciones respecto de las ahora aireadas homosexuales prácticas clericales sobre niños, en las que al parecer subyace su propio vergonzante descubrimiento del sexo merced a la no menos vergonzante homosexualidad de su tío abuelo, parecen ser como agujas candentes que martirizan su memoria. Que aquellos actos “clamen venganza de D-s” no justificarían en todo caso el uso indiscriminado del “fuego divino”, ni siquiera contra la total curia pontificia. Basta con que cada pecador pagase por su pecado.
Pero no son los peligros del castigo divino, lejanos sus ejemplos en la Historia Sagrada, lo que realmente preocupa a los homosexuales y sus adalides progresistas, como este. Después de tantos años de chocante militancia pro-islamista, constatan que es ahora cuando el Islam hacen (hace) suyo el discurso apocalíptico contra los gays. Temen (teme) ahora que los responsabilicen de la pobreza e ignorancia en que nadan sus masas, cuando antes decían que era Occidente y sus tratos demoníacos quien provocaba esos males. Recelan (recela) de frases como “Para el fiel no hay amigos sodomitas”, pronunciadas recientemente por un imán. La ambivalencia de este autor en todos los sentidos va más allá del gesto asustadizo, manifestando por un lado la hipócrita prevención del posible contagio del Islam de los tremendistas anatemas franciscanos y su práctica en las filas propias, y por otro lado la cínica denuncia de que existen imanes que exhortan al “martirio redentor de los atentados suicidas” para contener la propagación de la homosexualidad. Silencian, silencia aposta los crímenes que a diario y al amparo de -esta sí- una sangrienta ley: la Sharía, cometen sus tan amigos y loados regímenes teocráticos para castigar los “pecados impuros contra natura” y otros como el libre disfrute del cuerpo, propiamente o compartido. Cabe pues preguntarse si tanto él como los de su mismo afecto han armonizado su apología islámica y su modus vivendi afectivo-sexual atrincherados en algún coqueto apartamento parisino o barcelonés, o, por el contrario, han ido esquivando temerariamente los peligros en las aceras de El Cairo, Teherán, Riad o Abu Dabi, que son simples y significativos ejemplos de los miles de lugares donde impera la tiranía coránica, donde los discursos apocalípticos vienen acompañados inexcusablemente de los más vejatorios castigos, de las más atroces venganzas, no del D-s bíblico, sino de cualquier achicharrado orate.
“…nesrani en Marruecos y moro en todas partes,…” Entre otros epítetos, así es como se autodefine ese autor castellanocatalanofrancomarroquí: moro, en sus Memorias; comprometido tanto con la causa islamista, como, cierto y loable, con la causa anti-dictatorial desde las filas izquierdistas. Ambas “istas” homófobas hasta el delirio, hasta la abominación. Sin embargo, es a la Biblia, al D-s que la dictó, al que estúpidamente considera “la peor invención de la mente humana”, a quien culpa de cuantos males azotan a la humanidad, incluida la pederastia. Es la impotencia divina -considera- para erradicar este mal generado por la no desaparición de la sodomía tras la fulminación de las ciudades pecadoras del Mar Muerto, la que ha generado su proliferación, creándose una especie de inmenso escaparate gay en Occidente y una llamada Zona Sotádica, donde ha sido subsumida, sodomía y pederastia, por los usos y costumbres de las poblaciones que la componen. A su parecer, con dolor de su propia carne, Goytisolo estima que el Corán mejoró la Biblia, trocando las amenazas en sangrientas represalias de la mano de sus autoproclamados exégetas, salvadores de la causa humana. Tal vez por ello entiende que los homosexuales en los países represores se encuentran en el dilema de acomodar sus impulsos y necesidades sexuales al propio grado de represión sufrida, o sencillamente salir del armario dando un salto mortal. Ante tanto oscurantismo y obcecación, ya expuso Mordejai Buber en su “Eclipse de D-s”:
“La palabra D-s es la más vilipendiada de las palabras humanas. Ninguna está tan manchada ni tan dilacerada. Las generaciones humanas han descargado el peso de su vida sobre esta palabra y la han destrozado. Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas: las generaciones humanas, con sus disensiones religiosas, han matado y se han dejado matar por esta palabra, que lleva sobre sí sus huellas y su sangre. Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra D-s”
Por el contrario y según sé, ser gay judío no es lo mismo que ser simplemente gay. Al contrario que en la iglesia católica, donde aún se escuchan voces quejándose de que la hoguera no sea ya un recurso manejable, y el islam, donde no han dejado de utilizar el método, en el Judaísmo no ha habido caza de brujas contra los gays, nunca han sido perseguidos ni anatemizados; se han aceptado o tolerado en las comunidades sin grandes o excesivos enfrentamientos. Se vive al día, y el Levítico está ahí: “No te echarás con varón como con mujer, es abominación”, a qué negarlo. Por ello, en lo que a la fronda se refiere, tomando siempre las fuentes como referencia y no el verbo excesivo, se ha ido adaptando a los tiempos. Es un tema en el que no todos están versados para dar respuestas a los conflictos creados. De ahí que coincidan la mayoría de textos consultados en matizar la comprensión del versículo en el sentido de que no prohíbe el afecto mutuo, el acercamiento físico ni la relación amorosa entre personas del mismo sexo sino el acto sexual explícito. No se trata tanto de la prohibición sino de la particular relación del judío gay con la Halajá, ni de lo extraño e incómodo que puedan sentirse los judíos heterosexuales ante la presencia gay en su entorno, sino su propio cumplimiento de las normas.
Siempre se ha dicho que cada uno habla de la feria según le ha ido en ella. La Torá, como todo texto, está sujeta a la interpretación del exégeta de turno. La voluntad de D-s es inescrutable, y también sus normas. Estas normas permanecen, son eternas. El interpretador es finito y sus reflexiones están sujetas a los vaivenes de sus capacidades. Pero cuando el exégeta es el propio transgresor y este desea vivir conforme a la normativa Halajá, se plantea únicamente un conflicto a dilucidar entre él y D-s, con la consiguiente revisión de su vida religiosa, puesto que a pesar de la puntual prohibición de la Biblia, en las consultas efectuadas no constato para el homosexual ninguna limitación a su participación en la vida comunitaria, ni para el minián, ni para la lectura de la Torá, siquiera declarando públicamente su homosexualidad.
En la búsqueda de documentación para ilustrarme, habiendo dejado ya de lado el nauseabundo texto goytisolesco y literatura afín, topé con una web argentina vocera de los judíos gays argentinos, de la que, después de subrayar una afirmación: “ No hay referencia bíblica alguna a la homosexualidad como identidad, sino solo como sexualidad misma”, entresaco una parrafada para mí curiosa:
“Iehuda tiene 46 años, 40 de gay, 30 de gay asumido, 20 de pareja estable y 15 minutos de exposición desgarrada. Dice Iehuda que cuando tenía cinco murió su padre. Que a los seis tuvo su primera experiencia homosexual. Que a los diez trabajaba y ayudaba a su familia. Que sus abuelos vinieron de Alepo, un pueblo sirio libanés de familias ortodoxas, y que por qué iba a zafar él de un régimen tradicional. Que su familia lo sabe todo. Que su familia nunca le preguntó nada. Que en casa de su mamá ni se mencionaba su amor con M., aunque M. ya sea de la familia y todos pregunten amablemente por él y mamá le prepare knishes y se los mande en una bandejita. Sólo de vez en cuando, como descolgada, su mamá deja caer su lamento: ¡Qué lástima que nunca te casaste, hijo! Y eso es todo.
-Soy un hombre que ama. D-s no puede tener tantos problemas con eso, finalizaba.”
Asimismo, mientras me apresto a poner punto final, oigo en el telediario que Irán ha ahorcado en una plaza pública a no sé cuantos homosexuales.
Haim.
http://haimfer.blogspot.com/
No seré yo quien vuelva a concitar exclusivamente sobre Juan Goytisolo los reproches obligados a los que como él utilizan la Biblia, apuntando a D-s, para dar rienda suelta a sus propias frustraciones, para arrojar en el retrete de sus escritos cuantos sapos la vida les ha ido haciendo tragar por la maldad de los hombres, de la mujeres, de ellos mismos, para cumplir con la cuota mensual de su editor o, sencillamente, porque les mola. Aunque sí me voy a referir a él en lo que respecta al artículo que ha escrito en el que es su medio natural, aunque afortunadamente no muy asiduo: El País. Procuraré hacerlo sin rencor, porque las referencias a la Biblia que hace son del todo simple quincallería, monedas fraccionarias que intercambian todos aquellos que pretenden se les justifique desfilar con el paso cambiado.
Por un lado, he constatado que si le pides a cualquier cristiano que te diga qué fruta ofreció Eva a Adán, con toda seguridad responderá que era una manzana y así ha quedado plasmado oficial y exhaustivamente en la iconografía vaticana. Si los musulmanes te dicen que se trataba de un higo o de un vaso de vino, te darás cuenta de que hasta la interpretación de los textos del Libro Sagrado es personal e intransferible. Por otro lado, también es fácilmente constatable el número importante de consuetudinarias coincidencias que las dos religiones monoteístas y dogmáticas, cristianismo e islamismo, presentan en sus prácticas. Justamente en el campo de las personales deducciones se penetra en el artículo de opinión antes mencionado, cuando Goytisolo, de las cerca de 800.000 palabras que contiene la Biblia, se detiene y resalta exclusivamente las referidas a la destrucción de Sodoma y Gomorra -de donde desovilla el texto que presenta, al parecer reflejo de sus obsesiones y fijaciones juveniles- y a lo tremebundo, colérico, envidioso y rencoroso que considera puede llegar a ser D-s cuando el hombre, colectiva o solitariamente, se le descarría en el cumplimiento de sus mandatos. Se refiere al enfermizo adoctrinamiento recibido de los frailes, en concreto a las reiteradas y tenebrosas alusiones al “pecado impuro contra natura”. Estos tormentosos recuerdos, en los que las enseñanzas franciscanas se entremezclan con afirmaciones respecto de las ahora aireadas homosexuales prácticas clericales sobre niños, en las que al parecer subyace su propio vergonzante descubrimiento del sexo merced a la no menos vergonzante homosexualidad de su tío abuelo, parecen ser como agujas candentes que martirizan su memoria. Que aquellos actos “clamen venganza de D-s” no justificarían en todo caso el uso indiscriminado del “fuego divino”, ni siquiera contra la total curia pontificia. Basta con que cada pecador pagase por su pecado.
Pero no son los peligros del castigo divino, lejanos sus ejemplos en la Historia Sagrada, lo que realmente preocupa a los homosexuales y sus adalides progresistas, como este. Después de tantos años de chocante militancia pro-islamista, constatan que es ahora cuando el Islam hacen (hace) suyo el discurso apocalíptico contra los gays. Temen (teme) ahora que los responsabilicen de la pobreza e ignorancia en que nadan sus masas, cuando antes decían que era Occidente y sus tratos demoníacos quien provocaba esos males. Recelan (recela) de frases como “Para el fiel no hay amigos sodomitas”, pronunciadas recientemente por un imán. La ambivalencia de este autor en todos los sentidos va más allá del gesto asustadizo, manifestando por un lado la hipócrita prevención del posible contagio del Islam de los tremendistas anatemas franciscanos y su práctica en las filas propias, y por otro lado la cínica denuncia de que existen imanes que exhortan al “martirio redentor de los atentados suicidas” para contener la propagación de la homosexualidad. Silencian, silencia aposta los crímenes que a diario y al amparo de -esta sí- una sangrienta ley: la Sharía, cometen sus tan amigos y loados regímenes teocráticos para castigar los “pecados impuros contra natura” y otros como el libre disfrute del cuerpo, propiamente o compartido. Cabe pues preguntarse si tanto él como los de su mismo afecto han armonizado su apología islámica y su modus vivendi afectivo-sexual atrincherados en algún coqueto apartamento parisino o barcelonés, o, por el contrario, han ido esquivando temerariamente los peligros en las aceras de El Cairo, Teherán, Riad o Abu Dabi, que son simples y significativos ejemplos de los miles de lugares donde impera la tiranía coránica, donde los discursos apocalípticos vienen acompañados inexcusablemente de los más vejatorios castigos, de las más atroces venganzas, no del D-s bíblico, sino de cualquier achicharrado orate.
“…nesrani en Marruecos y moro en todas partes,…” Entre otros epítetos, así es como se autodefine ese autor castellanocatalanofrancomarroquí: moro, en sus Memorias; comprometido tanto con la causa islamista, como, cierto y loable, con la causa anti-dictatorial desde las filas izquierdistas. Ambas “istas” homófobas hasta el delirio, hasta la abominación. Sin embargo, es a la Biblia, al D-s que la dictó, al que estúpidamente considera “la peor invención de la mente humana”, a quien culpa de cuantos males azotan a la humanidad, incluida la pederastia. Es la impotencia divina -considera- para erradicar este mal generado por la no desaparición de la sodomía tras la fulminación de las ciudades pecadoras del Mar Muerto, la que ha generado su proliferación, creándose una especie de inmenso escaparate gay en Occidente y una llamada Zona Sotádica, donde ha sido subsumida, sodomía y pederastia, por los usos y costumbres de las poblaciones que la componen. A su parecer, con dolor de su propia carne, Goytisolo estima que el Corán mejoró la Biblia, trocando las amenazas en sangrientas represalias de la mano de sus autoproclamados exégetas, salvadores de la causa humana. Tal vez por ello entiende que los homosexuales en los países represores se encuentran en el dilema de acomodar sus impulsos y necesidades sexuales al propio grado de represión sufrida, o sencillamente salir del armario dando un salto mortal. Ante tanto oscurantismo y obcecación, ya expuso Mordejai Buber en su “Eclipse de D-s”:
“La palabra D-s es la más vilipendiada de las palabras humanas. Ninguna está tan manchada ni tan dilacerada. Las generaciones humanas han descargado el peso de su vida sobre esta palabra y la han destrozado. Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas: las generaciones humanas, con sus disensiones religiosas, han matado y se han dejado matar por esta palabra, que lleva sobre sí sus huellas y su sangre. Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra D-s”
Por el contrario y según sé, ser gay judío no es lo mismo que ser simplemente gay. Al contrario que en la iglesia católica, donde aún se escuchan voces quejándose de que la hoguera no sea ya un recurso manejable, y el islam, donde no han dejado de utilizar el método, en el Judaísmo no ha habido caza de brujas contra los gays, nunca han sido perseguidos ni anatemizados; se han aceptado o tolerado en las comunidades sin grandes o excesivos enfrentamientos. Se vive al día, y el Levítico está ahí: “No te echarás con varón como con mujer, es abominación”, a qué negarlo. Por ello, en lo que a la fronda se refiere, tomando siempre las fuentes como referencia y no el verbo excesivo, se ha ido adaptando a los tiempos. Es un tema en el que no todos están versados para dar respuestas a los conflictos creados. De ahí que coincidan la mayoría de textos consultados en matizar la comprensión del versículo en el sentido de que no prohíbe el afecto mutuo, el acercamiento físico ni la relación amorosa entre personas del mismo sexo sino el acto sexual explícito. No se trata tanto de la prohibición sino de la particular relación del judío gay con la Halajá, ni de lo extraño e incómodo que puedan sentirse los judíos heterosexuales ante la presencia gay en su entorno, sino su propio cumplimiento de las normas.
Siempre se ha dicho que cada uno habla de la feria según le ha ido en ella. La Torá, como todo texto, está sujeta a la interpretación del exégeta de turno. La voluntad de D-s es inescrutable, y también sus normas. Estas normas permanecen, son eternas. El interpretador es finito y sus reflexiones están sujetas a los vaivenes de sus capacidades. Pero cuando el exégeta es el propio transgresor y este desea vivir conforme a la normativa Halajá, se plantea únicamente un conflicto a dilucidar entre él y D-s, con la consiguiente revisión de su vida religiosa, puesto que a pesar de la puntual prohibición de la Biblia, en las consultas efectuadas no constato para el homosexual ninguna limitación a su participación en la vida comunitaria, ni para el minián, ni para la lectura de la Torá, siquiera declarando públicamente su homosexualidad.
En la búsqueda de documentación para ilustrarme, habiendo dejado ya de lado el nauseabundo texto goytisolesco y literatura afín, topé con una web argentina vocera de los judíos gays argentinos, de la que, después de subrayar una afirmación: “ No hay referencia bíblica alguna a la homosexualidad como identidad, sino solo como sexualidad misma”, entresaco una parrafada para mí curiosa:
“Iehuda tiene 46 años, 40 de gay, 30 de gay asumido, 20 de pareja estable y 15 minutos de exposición desgarrada. Dice Iehuda que cuando tenía cinco murió su padre. Que a los seis tuvo su primera experiencia homosexual. Que a los diez trabajaba y ayudaba a su familia. Que sus abuelos vinieron de Alepo, un pueblo sirio libanés de familias ortodoxas, y que por qué iba a zafar él de un régimen tradicional. Que su familia lo sabe todo. Que su familia nunca le preguntó nada. Que en casa de su mamá ni se mencionaba su amor con M., aunque M. ya sea de la familia y todos pregunten amablemente por él y mamá le prepare knishes y se los mande en una bandejita. Sólo de vez en cuando, como descolgada, su mamá deja caer su lamento: ¡Qué lástima que nunca te casaste, hijo! Y eso es todo.
-Soy un hombre que ama. D-s no puede tener tantos problemas con eso, finalizaba.”
Asimismo, mientras me apresto a poner punto final, oigo en el telediario que Irán ha ahorcado en una plaza pública a no sé cuantos homosexuales.
Haim.
http://haimfer.blogspot.com/

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