DE OCA A OCA...
¿SOLUCIÓN FINAL?
De los Reyes Católicos a Mamud Ahmadineyad, pasando por Adolf Hitler.
La distancia cronológica que separa el reinado de los Reyes Católicos del 3er. Reich es inversamente proporcional a su cercanía ideológica, en lo que a su común anti-judaísmo se refiere. En este sentido, la Historia nos demuestra que las actividades de estos reyes y del sistema nazi no deben encuadrarse ni ser estudiadas en el marco del acoso y de la persecución religiosa, sino de la pura y simple limpieza étnica. Al igual que en el Régimen nazi, los Reyes Católicos pusieron en marcha un programa de eliminación ideado y ejecutado por los poderes del Estado hasta el más mínimo detalle. La burocracia al servicio de la maldad. En ambas situaciones históricas la intención era hacer desaparecer a un Pueblo de la faz de la tierra, unos blandiendo los Evangelios y los otros el Mein Kampf.
Ninguna de las sociedades que sustentaban ambos regímenes sufría síndrome alguno por la cohesión social, ya que, tanto en la una como en la otra, los judíos estaban totalmente integrados desde hacía muchas generaciones. No son ciertas pues las teorías que señalan a la falta de convivencia y el desequilibrio en el proceso asimilación-segregación como los principales generadores de aquella violencia, sin que hagan mención a qué motor o fuerza mantendría tal proceso. Es más, los dos Estados aplicaron también su criminal sistema allende sus fronteras naturales, donde las condiciones sociales eran diferentes a las que existían en las metrópolis. Este hecho histórico desdice la preocupación enfermiza de los exterminadores por la cohesión social. En la búsqueda de la solución final, ambos regímenes tuvieron algunas diferencias: mientras que los Reyes Católicos pretendían un Pueblo Judío lo más alejado posible de sus posesiones o disgregado y despersonalizado en el interior, el Régimen Nazi desde un principio sólo pretendió el genocidio, la eliminación total y absoluta del Pueblo Judío. En uno y otro casos salvaron la vida los que consiguieron poner tierra de por medio y, en España, los que su conversión no dejaba dudas y su asimilación cultural y religiosa, apabullante y brutal, considerasen los inquisidores suficientemente demostrada.
En la Memoria histórica judía, -seguimos a Ben Zion Netanyahu y León Poliakov-, los dos trágicos acontecimientos están grabados a fuego, reseñándose su común carácter racista, no pareciendo de rigor mantener por separado el estudio de ambos genocidios por el hecho de que uno fuese más sangriento que el otro. A pesar de ello, raro es encontrar trabajos de investigación en la línea del paralelismo histórico. Bienvenido sea entonces el ensayo Ni una gota de sangre impura de Christiane Stallaert, que viene a facilitar la labor. Como bien demuestra en su estudio y manifiesta, pretende tender un puente entre los estudios del Nazismo y la Inquisición, imprescindibles para intentar evitar al menos que nuestra civilización vuelva a tropezar en las mismas piedras. Difícil objetivo parece, a vista de las actitudes y aptitudes presentadas por alguna que otra teocracia belicista.
Este trabajo de Stallaert es importante porque es panorámico y señala las distancias que deben mantenerse para la comprensión del fenómeno. Y es importante el estudio del fenómeno porque éste permite vislumbrar cosas que suelen ser invisibles, cosas de la mayor importancia, no sólo para los autores, las víctimas y los testigos del crimen, sino para todos los que estamos vivos hoy y esperamos estarlo mañana. No me parece acertado, sin embargo, decir que la Shoa no debería ser tratado como un asunto exclusivamente judío, ni la Inquisición como un asunto exclusivamente español. Sí son los dos fenómenos exclusivamente judíos, y la Inquisición, exclusivamente española. Cierto es que el Pueblo de Israel ha sufrido a lo largo de su historia diferentes persecuciones, pero en ninguna de las anteriores se concitaron dos poderes para este abyecto fin, como en el reinado de los Reyes Católicos. En el mismo, tan activo fue el Estado como la Iglesia Católica, nacional y vaticana; todos en perfecta sincronía. En la Shoa, los poderes papales permanecieron interesadamente pasivos. El genocidio judío moderno terminó con la derrota militar del Nazismo, pero la Iglesia Católica ha perseguido de diferentes maneras a los anusim y bnei anusim judaizantes durante siglos.
Somos y seguiremos siendo, querámoslo o no, un grupo histórico de admirable coherencia. Esta frase de Herzl viene a señalar cómo a pesar de tantas ignominias, este grupo histórico permanece fiel a Dios y a sus tradiciones, siendo la clave de su coherencia, la misma que está siendo puesta a prueba por una nueva amenaza de exterminio: Irán y su teocracia.; Irán y sus clérigos iluminados; Irán, Ahmadineya y sus sueños demenciales. No cabe duda de que Dios pone a Israel ante otra prueba. Que esta prueba se convierta en realidad no depende tanto de de Israel como de EEUU y su capacidad de diálogo. Teniendo en cuenta que el Pueblo Judío de hoy no es el Pueblo Judío indefenso y temeroso de 1492, ni el de los años 30 y 40 del siglo pasado, los dialogantes EEUU deberán darse prisa, porque Jerusalén se enfrenta a una dicotomía: espera y se defiende, o ataca, ataca y ataca, acabando con el enemigo, antes que éste termine dotándose del arma total que tanto ansía y tan frenéticamente busca. Hay una frase de Bernard Lewis que siempre tengo en mente: Si los islamistas consiguen armas de destrucción masiva, no dudarán en usarlas.
Haim
De los Reyes Católicos a Mamud Ahmadineyad, pasando por Adolf Hitler.
La distancia cronológica que separa el reinado de los Reyes Católicos del 3er. Reich es inversamente proporcional a su cercanía ideológica, en lo que a su común anti-judaísmo se refiere. En este sentido, la Historia nos demuestra que las actividades de estos reyes y del sistema nazi no deben encuadrarse ni ser estudiadas en el marco del acoso y de la persecución religiosa, sino de la pura y simple limpieza étnica. Al igual que en el Régimen nazi, los Reyes Católicos pusieron en marcha un programa de eliminación ideado y ejecutado por los poderes del Estado hasta el más mínimo detalle. La burocracia al servicio de la maldad. En ambas situaciones históricas la intención era hacer desaparecer a un Pueblo de la faz de la tierra, unos blandiendo los Evangelios y los otros el Mein Kampf.
Ninguna de las sociedades que sustentaban ambos regímenes sufría síndrome alguno por la cohesión social, ya que, tanto en la una como en la otra, los judíos estaban totalmente integrados desde hacía muchas generaciones. No son ciertas pues las teorías que señalan a la falta de convivencia y el desequilibrio en el proceso asimilación-segregación como los principales generadores de aquella violencia, sin que hagan mención a qué motor o fuerza mantendría tal proceso. Es más, los dos Estados aplicaron también su criminal sistema allende sus fronteras naturales, donde las condiciones sociales eran diferentes a las que existían en las metrópolis. Este hecho histórico desdice la preocupación enfermiza de los exterminadores por la cohesión social. En la búsqueda de la solución final, ambos regímenes tuvieron algunas diferencias: mientras que los Reyes Católicos pretendían un Pueblo Judío lo más alejado posible de sus posesiones o disgregado y despersonalizado en el interior, el Régimen Nazi desde un principio sólo pretendió el genocidio, la eliminación total y absoluta del Pueblo Judío. En uno y otro casos salvaron la vida los que consiguieron poner tierra de por medio y, en España, los que su conversión no dejaba dudas y su asimilación cultural y religiosa, apabullante y brutal, considerasen los inquisidores suficientemente demostrada.
En la Memoria histórica judía, -seguimos a Ben Zion Netanyahu y León Poliakov-, los dos trágicos acontecimientos están grabados a fuego, reseñándose su común carácter racista, no pareciendo de rigor mantener por separado el estudio de ambos genocidios por el hecho de que uno fuese más sangriento que el otro. A pesar de ello, raro es encontrar trabajos de investigación en la línea del paralelismo histórico. Bienvenido sea entonces el ensayo Ni una gota de sangre impura de Christiane Stallaert, que viene a facilitar la labor. Como bien demuestra en su estudio y manifiesta, pretende tender un puente entre los estudios del Nazismo y la Inquisición, imprescindibles para intentar evitar al menos que nuestra civilización vuelva a tropezar en las mismas piedras. Difícil objetivo parece, a vista de las actitudes y aptitudes presentadas por alguna que otra teocracia belicista.
Este trabajo de Stallaert es importante porque es panorámico y señala las distancias que deben mantenerse para la comprensión del fenómeno. Y es importante el estudio del fenómeno porque éste permite vislumbrar cosas que suelen ser invisibles, cosas de la mayor importancia, no sólo para los autores, las víctimas y los testigos del crimen, sino para todos los que estamos vivos hoy y esperamos estarlo mañana. No me parece acertado, sin embargo, decir que la Shoa no debería ser tratado como un asunto exclusivamente judío, ni la Inquisición como un asunto exclusivamente español. Sí son los dos fenómenos exclusivamente judíos, y la Inquisición, exclusivamente española. Cierto es que el Pueblo de Israel ha sufrido a lo largo de su historia diferentes persecuciones, pero en ninguna de las anteriores se concitaron dos poderes para este abyecto fin, como en el reinado de los Reyes Católicos. En el mismo, tan activo fue el Estado como la Iglesia Católica, nacional y vaticana; todos en perfecta sincronía. En la Shoa, los poderes papales permanecieron interesadamente pasivos. El genocidio judío moderno terminó con la derrota militar del Nazismo, pero la Iglesia Católica ha perseguido de diferentes maneras a los anusim y bnei anusim judaizantes durante siglos.
Somos y seguiremos siendo, querámoslo o no, un grupo histórico de admirable coherencia. Esta frase de Herzl viene a señalar cómo a pesar de tantas ignominias, este grupo histórico permanece fiel a Dios y a sus tradiciones, siendo la clave de su coherencia, la misma que está siendo puesta a prueba por una nueva amenaza de exterminio: Irán y su teocracia.; Irán y sus clérigos iluminados; Irán, Ahmadineya y sus sueños demenciales. No cabe duda de que Dios pone a Israel ante otra prueba. Que esta prueba se convierta en realidad no depende tanto de de Israel como de EEUU y su capacidad de diálogo. Teniendo en cuenta que el Pueblo Judío de hoy no es el Pueblo Judío indefenso y temeroso de 1492, ni el de los años 30 y 40 del siglo pasado, los dialogantes EEUU deberán darse prisa, porque Jerusalén se enfrenta a una dicotomía: espera y se defiende, o ataca, ataca y ataca, acabando con el enemigo, antes que éste termine dotándose del arma total que tanto ansía y tan frenéticamente busca. Hay una frase de Bernard Lewis que siempre tengo en mente: Si los islamistas consiguen armas de destrucción masiva, no dudarán en usarlas.
Haim

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