lunes, 22 de marzo de 2010

Escrito está en la mano.

ESCRITO ESTÁ EN LA PALMA, LO QUE VA A SUFRIR LA ALMA. Refrán sefaradí.





Como a pesar de tanta utopía quebrada, de tantas defraudadoras evidencias, de las que no culpo a nada ni a nadie sino a mí mismo y a unos pocos como yo, por no haber sabido, ni podido, no solo evitar, sino adivinar solamente el cambio de rumbo o deriva tomada por aquel navío que tan imponente parecía rasgando las aguas de la Historia, a pesar de todo ello, la Izquierda sigue siendo mi familia. Y me refiero a la izquierda sin apellidos, a la izquierda invisible, que está con los oprimidos, con los sin casa, con los sin trabajo ni sustento fijo; a la izquierda vapuleada, sin escaños, caminante, desgañitada; la que ha sido descabalgada y yace al margen, con sus ideales en un hatillo como único tesoro. Ahora, sin elementos extraños en la sopa, la izquierda putativa y adaptable, la bendecida por los poderes fácticos, la que, emergiendo de las cloacas, pactó con tirios y troyanos, tirios nazis y troyanos islámicos, enferma de derechismo, se abraza a éste en su versión más reaccionaria y antijudaica. Su rechazo visceral a EEUU y a una Europa unida la encamina al definitivo derrumbe. Así lo vislumbró claramente Sartre en los años sesenta cuando la definió como “ese gran cadáver caído de espaldas”. Aquel verde prado se transformó -lo vimos tarde - en un campo minado, el Mayo de París en una trinchera parlamentaria con escaños como pequeños tronos, y el sentido y fraternal canto por Israel trocado en un irracional antijudaísmo. Los ideólogos del imperio intentaron perpetuarlo en regímenes clericales, teócratas, y hechos a su imagen y semejanza, militaristas, totalitarios. La simbiosis fue total y absoluta en la unicidad de sus objetivos: anti-europeísmo, antiamericanismo, en su islamismo fascista y, sobre todo, su antijudaísmo. No habrían de extrañar estos derroteros, habida cuenta de que las fuerzas dominantes en el imperio soviético -cuyo ideario estaba muy lejos de aquella dialéctica hegeliana que Marx propuso, sobre todo después y a raíz de las matanzas de los judíos revolucionarios-, estaban compuestas por los elementos más planos del régimen, dotados únicamente para esgrimir, tomándolos para sí, los mismos conceptos, símbolos y formas de la derecha más reaccionaria y golpista. De ahí que ahora incluso se tilden de izquierdistas populismos como los de Venezuela o Cuba, donde la libertad de expresión se reprime de manera brutal y la crítica interna se castiga con silenciosas desapariciones. Todos coinciden en su inquina a lo judío.
Aquellos polvos trajeron estos lodos. Esta es una sentencia muy usada, por lo verídica, y viene como anillo al dedo a la hora de hacer un somero estudio del espíritu “antitodolojudío” que levita sobre estos grupos. Al respecto, ha sido tanto el encrespamiento en este sentido, que desde el seno de uno de estos partidos se hizo público un manifiesto suscrito por miembros y simpatizantes del mismo en el que se denunciaba “el pesado silencio de la izquierda…en lo que concierne a la defensa del Estado de Israel”, atribuyéndosele a esa misma izquierda un discurso “antisemita, antijudío y antiisraelí”, enmascarándolo bajo la nueva denominación políticamente correcta de “antisionismo”. Quiéranlo o no, bajo cualquiera de sus definiciones aparecen las raíces religiosas y racistas. Indefectiblemente. Aunque, excluyendo a los de extrema derecha -nazis en minúsculos aquelarres reunidos-, no existe un solo grupo, político o social, que se autodefina como antijudío; tampoco ninguno de sus componentes a título personal. Tampoco Mahmud Ahmadineyad, que tan interesado está en que Israel no aparezca en los mapas. Él, monaguillo y escolano de una clase clerical opresora y asesina, al igual que sus compañeros de viaje de izquierda, dice ser sólo antisionista. Siendo cierto que tras la derrota nazi y descubrirse lo que ya estaba denunciado, tras evidenciarse lo que muchos se negaban a reconocer, aquel inmenso atentado a la condición humana, nadie en la faz de la Tierra quiso ser tildado públicamente de antisemita o antijudío. Desde Estocolmo a Washington, pasando por Londres y París, ningún enemigo de los judíos se hizo visible. Todos camuflaron sus odios, inquinas, tirrias, fobias y abominaciones. Entonces, a diferencia de hoy, no era políticamente correcto definirse así. Sólo Moscú ocultó sus taras étnicas, culturales y religiosas tras un telón de acero, más allá del río Lena, en los “gulag” castradores de egos, solapando a la opinión pública mundial la purga anti-judía iniciada allá por 1918.
Tras los primeros escarceos políticos en pro de la constitución del Estado de Israel, limpio de cadáveres el tablero mundial, cada potencia arrojó su careta lejos de sí. Israel había tomado vida propia, pasando de ser masa compungida y temblorosa al socaire de los malos vientos, frágil criatura en manos de los iluminados de turno, a convertirse en colectivo suficiente en la defensa, mortal enemigo de sus enemigos y firme aliado de las democracias. El pequeño David, con su socialismo real, con sus kibbutzim, consolidó su posición en el mapamundi y, en su acercamiento a los EEUU, concitó sobre sí todos aquellos rancios odios con que antaño se flagelaba individualmente tanto al judío errante como al asentado, resurgiendo aquellos viejos mitos conspirativos mediante los que se culpaba al judío de todo lo malo que ocurría bajo el sol.
En palabras de Jon Juaristi, la nueva judeofobia de izquierda tiene tres vertientes: el antiamericanismo con lo que sería su apéndice: el antisionismo; el progresismo o buenismo, y el recuperado antijudaísmo religioso. Esta izquierda habría, pues, reconstruido el antijudaísmo de síntesis, muy utilizado en los medios de comunicación, especialmente europeos, especialmente españoles.
Se ha idealizado al “árabe” y al “musulmán” como los grandes parias de la Tierra, meritorios de la abstracta solidaridad de la progresía. Todo lo contrario de lo que representa el nuevo Estado de Israel, con su democracia pujante, sus contradicciones, sus errores y sus Tribunales para paliar o minimizar aquéllos. Su concepto de Estado seguro, Estado en Paz, dentro de fronteras seguras.
Decía antes que en la judeofobia se compendian tres ideologías que pueden parecer distantes, opuestas, dispares, pero que en realidad confluyen en la deificación de lo negativo: la izquierda, el islamismo y la extrema derecha. Más allá de sus respectivas retóricas, la utilización del ser humano, la anulación de su personalidad como objetivo, el ninguneo, cuando no el desprecio, de valores como la libertad y la democracia, las convierte en los tres elementos principales de la nueva judeofobia.
Desechadas a la papelera al fin por inanes la izquierda y la extrema derecha, sin más opciones que la emisión de guturales rugidos, quedan el Islam incompatible con los derechos humanos, intrínsecamente hostil a los valores occidentales y una alianza de civilizaciones desestructurada, simplista y con el buenismo como único cálculo político viable. Al fin y al cabo avanzamos contra el viento.

Haim.
http://haimfer.blogspot.com.

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