LA ALDEA DEL ALEMÁN.
LA ALDEA DEL ALEMÁN
(Quien lava la cavesa del hamor, piedre la lichÍa y el chavón). Refrán sefaradí.
A principios del año pasado, la editora El Aleph publicó una novela muy interesante, de este mismo título, en la cual su autor, el argelino Boualem Sansal, hace un ejercicio de sinceridad verdaderamente encomiable. A lo largo de sus doscientas cincuenta páginas, las vidas de los hermanos Schiller van desgranándose contadas por ellos mismos. Como sus respectivas personalidades, sus vidas también toman caminos divergentes una vez que emigran a Francia desde Argelia: Rachel se sumerge en la historia más inmediata del nazismo, en cuanto actividad criminal de su padre, y Malrich, por el contrario, observa y sufre el incremento de la actividad islamista en Europa, Francia (ellos se asientan en París), más concretamente en los suburbios de la capital. El distanciamiento comienza con la noticia de que se ha producido un atentado terrorista en Argelia y sus padres –ella argelina y él nazi alemán refugiado tras la desbandada del 3er. Reich, amparado por el llamado Grupo 92 y recolocado por Nasser- han fallecido en él junto a otros treinta vecinos, degollados por los islamistas.
A partir de esta circunstancia, la historia toma cuerpo. Rachel, que ha descubierto en el fondo de una vieja maleta que su padre había sido oficial de las SS nazis, comienza una descarnada búsqueda para saber quién había sido realmente su padre y por qué él y otros muchos como él pudieron transformarse de seres humanos en seres diabólicos, responsables de miles de muertes en los campos de exterminio. De la mano de Rachel, el autor –musulmán- se pone en el lugar de cualquiera de los judíos robados, vilipendiados, martirizados, exterminados en cualquiera de los campos nazis, construido expresamente a tal efecto. El camino no lo recorre Rachel para intentar justificar a su padre, ni siquiera con el argumento de la orden inexcusable, sino hurgando en la herida. “Mi padre actuó por sí mismo, con plena conciencia, -dice- y la prueba de ello es que otros se negaron a ello” “…tuvo la posibilidad de entregarse a la justicia y recuperar la dignidad. Huyó…”. Estas frases premonitorias son determinantes para que Boualem Sansal coloque a su personaje a las puertas de las tinieblas, diciendo: “Tengo tanto miedo de encontrar a mi padre allí donde no es debido, allí donde ningún hombre puede estar sin dejar de ser un hombre”. En un acto de suprema solidaridad con las víctimas de su padre, judíos gaseados, Rachel carga con la culpa paterna y se suicida con los gases del motor de su automóvil.
Sin lapsus en el tiempo, pero con paisajes diferentes, su hermano Malrich toma otro rumbo. Sus inquietudes le llevan al análisis de su Francia de acogida, cada día más islamizada en sus barrios más pobres, donde los jóvenes musulmanes, desempleados, ignorantes, sin dinero, son manipulados y adoctrinados. Malrich constata que donde no surte efecto el adoctrinamiento y la alienación, se produce la coacción y el asesinato. Comprueba cómo una chica es encontrada muerta después de un aviso por llevar el pelo teñido y alternar con chicos no musulmanes: había sido quemada viva con un soplete en el nombre de Alá. Él mismo se dejó embrutecer durante un tiempo con las consignas recibidas. Pero pronto empieza a encontrar similitud entre el asesinato de sus padres en Argelia y el de las chicas musulmanas de su barrio, incumplidoras de las leyes impuestas por los islamistas. “Cuando pienso en nuestro barrio, en sus habitantes militarizados por el imán, rodeados de chilabas, humillados por los kapos…Entonces pienso en mi padre…”, confiesa el personaje, absolutamente decepcionado. El autor equipara kapo con terrorista, y el personaje se desangra por la herida del alma: “El imán nos dijo: El judío, sarnoso, es el peor de todos; el cristiano, hipócrita maldito,…”
Esta es la sinopsis de una obra sintomática, cuya lectura merece ser recomendada por su contenido, por la valentía con la que su autor -no olvidemos que es musulmán- acomete su desarrollo, su planteo y su desenlace; por su lenguaje claro y el mensaje ofrecido. Pero no se trae aquí únicamente por ello, sino porque este libro ha sido merecedor de un comentario nada menos que en El País. Ello extraña porque, al tratarse de una obra significativamente anti-islamista, ese periódico le hace ascos. No son del gusto de su Redacción los argumentos que de una manera u otra pongan en entredicho el Corán, Mahoma o sus islamistas. Pero, claro, el verdadero motivo de poner la novela de Sansal en candelero no es otro que alarmarse de que un musulmán ose denunciar el peligro islamista en Europa y la comparación de sus actividades con las de los nazis. ¡Hasta ahí podrían llegar!
Comienza el redactor su análisis con un título: “Sobre nazis e islamistas”, y le siguen treinta y tres líneas sin hablar de la obra, sino que las ocupa en decir que la equiparación nazi-islamista es un recurso eminentemente judío, con el que justifican (los judíos) “todo tipo de tropelías contra el pueblo palestino y con él se acaba de exculpar la matanza de niños, mujeres y ancianos en Gaza.” Así, con frases salpimentadas con los elementos de rigor (verdugos, activistas, dueños de medio mundo, regados con millones de dólares, neocon, inventores del islamo-fascismo, morofobia, xenofobia) finaliza afirmando: “Cabe reconocer que estamos ante un buen producto de laboratorio: vende bien en un amplio mercado, da barniz democrático a un montón de actitudes reprobables,(…)y las campañas militares contra países árabes y musulmanes”. “Porque -abunda- la “fuente” no es sospechosa por parcial y malintencionada, ya que no escribe desde Washington o Tel Aviv, sino desde Argel.
Sirva el presente como recordatorio de la ideología del periódico más vendido en España, dicen, y de su Código deontológico.
Haim.
(Quien lava la cavesa del hamor, piedre la lichÍa y el chavón). Refrán sefaradí.
A principios del año pasado, la editora El Aleph publicó una novela muy interesante, de este mismo título, en la cual su autor, el argelino Boualem Sansal, hace un ejercicio de sinceridad verdaderamente encomiable. A lo largo de sus doscientas cincuenta páginas, las vidas de los hermanos Schiller van desgranándose contadas por ellos mismos. Como sus respectivas personalidades, sus vidas también toman caminos divergentes una vez que emigran a Francia desde Argelia: Rachel se sumerge en la historia más inmediata del nazismo, en cuanto actividad criminal de su padre, y Malrich, por el contrario, observa y sufre el incremento de la actividad islamista en Europa, Francia (ellos se asientan en París), más concretamente en los suburbios de la capital. El distanciamiento comienza con la noticia de que se ha producido un atentado terrorista en Argelia y sus padres –ella argelina y él nazi alemán refugiado tras la desbandada del 3er. Reich, amparado por el llamado Grupo 92 y recolocado por Nasser- han fallecido en él junto a otros treinta vecinos, degollados por los islamistas.
A partir de esta circunstancia, la historia toma cuerpo. Rachel, que ha descubierto en el fondo de una vieja maleta que su padre había sido oficial de las SS nazis, comienza una descarnada búsqueda para saber quién había sido realmente su padre y por qué él y otros muchos como él pudieron transformarse de seres humanos en seres diabólicos, responsables de miles de muertes en los campos de exterminio. De la mano de Rachel, el autor –musulmán- se pone en el lugar de cualquiera de los judíos robados, vilipendiados, martirizados, exterminados en cualquiera de los campos nazis, construido expresamente a tal efecto. El camino no lo recorre Rachel para intentar justificar a su padre, ni siquiera con el argumento de la orden inexcusable, sino hurgando en la herida. “Mi padre actuó por sí mismo, con plena conciencia, -dice- y la prueba de ello es que otros se negaron a ello” “…tuvo la posibilidad de entregarse a la justicia y recuperar la dignidad. Huyó…”. Estas frases premonitorias son determinantes para que Boualem Sansal coloque a su personaje a las puertas de las tinieblas, diciendo: “Tengo tanto miedo de encontrar a mi padre allí donde no es debido, allí donde ningún hombre puede estar sin dejar de ser un hombre”. En un acto de suprema solidaridad con las víctimas de su padre, judíos gaseados, Rachel carga con la culpa paterna y se suicida con los gases del motor de su automóvil.
Sin lapsus en el tiempo, pero con paisajes diferentes, su hermano Malrich toma otro rumbo. Sus inquietudes le llevan al análisis de su Francia de acogida, cada día más islamizada en sus barrios más pobres, donde los jóvenes musulmanes, desempleados, ignorantes, sin dinero, son manipulados y adoctrinados. Malrich constata que donde no surte efecto el adoctrinamiento y la alienación, se produce la coacción y el asesinato. Comprueba cómo una chica es encontrada muerta después de un aviso por llevar el pelo teñido y alternar con chicos no musulmanes: había sido quemada viva con un soplete en el nombre de Alá. Él mismo se dejó embrutecer durante un tiempo con las consignas recibidas. Pero pronto empieza a encontrar similitud entre el asesinato de sus padres en Argelia y el de las chicas musulmanas de su barrio, incumplidoras de las leyes impuestas por los islamistas. “Cuando pienso en nuestro barrio, en sus habitantes militarizados por el imán, rodeados de chilabas, humillados por los kapos…Entonces pienso en mi padre…”, confiesa el personaje, absolutamente decepcionado. El autor equipara kapo con terrorista, y el personaje se desangra por la herida del alma: “El imán nos dijo: El judío, sarnoso, es el peor de todos; el cristiano, hipócrita maldito,…”
Esta es la sinopsis de una obra sintomática, cuya lectura merece ser recomendada por su contenido, por la valentía con la que su autor -no olvidemos que es musulmán- acomete su desarrollo, su planteo y su desenlace; por su lenguaje claro y el mensaje ofrecido. Pero no se trae aquí únicamente por ello, sino porque este libro ha sido merecedor de un comentario nada menos que en El País. Ello extraña porque, al tratarse de una obra significativamente anti-islamista, ese periódico le hace ascos. No son del gusto de su Redacción los argumentos que de una manera u otra pongan en entredicho el Corán, Mahoma o sus islamistas. Pero, claro, el verdadero motivo de poner la novela de Sansal en candelero no es otro que alarmarse de que un musulmán ose denunciar el peligro islamista en Europa y la comparación de sus actividades con las de los nazis. ¡Hasta ahí podrían llegar!
Comienza el redactor su análisis con un título: “Sobre nazis e islamistas”, y le siguen treinta y tres líneas sin hablar de la obra, sino que las ocupa en decir que la equiparación nazi-islamista es un recurso eminentemente judío, con el que justifican (los judíos) “todo tipo de tropelías contra el pueblo palestino y con él se acaba de exculpar la matanza de niños, mujeres y ancianos en Gaza.” Así, con frases salpimentadas con los elementos de rigor (verdugos, activistas, dueños de medio mundo, regados con millones de dólares, neocon, inventores del islamo-fascismo, morofobia, xenofobia) finaliza afirmando: “Cabe reconocer que estamos ante un buen producto de laboratorio: vende bien en un amplio mercado, da barniz democrático a un montón de actitudes reprobables,(…)y las campañas militares contra países árabes y musulmanes”. “Porque -abunda- la “fuente” no es sospechosa por parcial y malintencionada, ya que no escribe desde Washington o Tel Aviv, sino desde Argel.
Sirva el presente como recordatorio de la ideología del periódico más vendido en España, dicen, y de su Código deontológico.
Haim.

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