viernes, 26 de marzo de 2010

NO IMPORTA EL TÍTULO, ESPANTA EL HOMENAJE.

NO IMPORTA EL TÍTULO, ESPANTA EL HOMENAJE
“El que se burla de todo y buchca conocencias no las topa; ma al concenciozo la instrucción le viene fátchile”. Refrán sefaradí.

“Al ilustre Adolf Hitler, Führer y Canciller de Alemania.
Hoy, al comienzo de nuestro pontificado, queremos asegurarle a usted que seguiremos firmes en nuestro compromiso por mantener el bienestar del pueblo alemán, tarea que a usted el pueblo le ha conferido. Durante los muchos años en que residimos en Alemania, hemos hecho todo lo que está en nuestro alcance para mantener una relación armónica entre Iglesia y Estado. Ahora que las responsabilidades de nuestra función pastoral han incrementado nuestras oportunidades, rezamos con más fervor para lograr nuestro objetivo. Que la prosperidad y el progreso del pueblo alemán, con la ayuda de Dios, se logre.”

Esta carta enviada por Pío XII al hacerse con los mandos de la nave vaticana (marzo de 1939) es sin duda la carta de despedida de un amigo a otro amigo tras largos años de asiduo contacto en Alemania, y un reencuentro. El periodo de nunciatura del cardenal Pacelli en la Alemania nazi se caracterizó por su exquisita fluidez, no conociéndosele al cardenal ni un solo desencuentro con las autoridades germanas. Esta amistad, este “rezar con más fervor para lograr nuestro objetivo” del ya Papa Pacelli, fue la venda que se utilizó para solapar las amenazas, los amagos, los ataques localizados, las salvajadas contra comercios y viviendas, las ignominias, los asesinatos, las quemas de libros, las persecuciones, los despidos en las empresas, las prohibiciones para enseñar y ser enseñado, para la práctica de la medicina, para hacer literatura, cine o teatro, y pretender no ver el Holocausto que se avecinaba. Pero estallada la guerra esa venda no servía, convirtiéndose en puro colaboracionismo. Silencio cómplice del Estado Vaticano y colaboracionista de su cabeza visible, el Papa Pío XII, pese a que a título personal cientos de religiosos en pueblos y ciudades prestaron inestimable ayuda a gran número de judíos.
Es a este Papa al que la jerarquía católica pretende elevar a sus altares y anda buscándole algún mérito o milagro que lo justifique y que a la vez mitigue u oscurezca su siniestra biografía adulta. Sus méritos andan buscándolos sus postulantes y la historia reciente del mundo ofrece, aún frescos, sus deméritos. Fue ciego ante las actividades de los “doberman” y cachorros de las SS y sordo ante las llamadas de socorro de miles de perseguidos. Fue mudo a la hora de condenar las atrocidades de sus amigos, y permaneció manco a la hora de ofrecer asilo, protección o defensa a los judíos victimados a miles y a millones. ¿Puede llegar a tanto el anti-judaísmo de una persona, la fobia hacia otros a los que llama hermanos?
Aceptado está que la Iglesia Católica no tenía, entonces, un poder físico que anteponer entre las víctimas y sus verdugos, pero sí una ondeante bandera de virtud y de moral ante unas potencias occidentales tan hipócritas como ella, así como una capacidad de movilización entre las poblaciones, incluso en el interior de Alemania, que habrían evitado la deportación y la muerte de muchos de los nuestros. Pero la perspectiva de los acontecimientos nos hace ver que toda esa actividad a favor de los judíos en peligro no era esperable en Pío XII. Hubiese bastado con recordar los últimos meses del pontificado de su antecesor, Pío XI, quien a pesar de su propio anti-judaísmo, reconocido, dejó en testamento su encíclica “Humani Genaris”, conteniendo una denuncia clara de los ultrajes y las violencias ejercidas por los nazis contra los judíos. El Papa Pacelli puso esta encíclica bajo siete llaves.
Entonces, pues, ¿qué nos importa un beato más, lo llamen como lo llamen; o mil beatos; o mil santos o santas; o que un Papa vaya de visita a Israel vestidito con su canesú, lacitos y zapatillas rosas de charol? ¿Qué falta le hace a Israel la visita de Ratzinger? ¿Van a disminuir, acaso, las hostilidades antijudías en el mundo? ¿Va a convencer Benedicto XVI a Mamud Ahmadinejad de que no debe “exterminar” a Israel? ¿Va a restituir lo robado, a restañar las antiguas heridas?
Mientras los archivos del Vaticano relativos al papado de Pío XII no se abran al mundo y se demuestre que las acusaciones sobre él no son ciertas, la leyenda bajo su fotografía, ambos, deben permanecer en su lugar en el Museo Yad Vashem. B”H”.

Haim.

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