viernes, 26 de marzo de 2010

TODOS SAVEN CUZIR SAMARRA, MA EL PELO LES EMBARASA.

TODOS SAVEN CUZIR SAMARRA, MA EL PELO LES EMBARASA. Refrán sefaradí.

Llevamos algún tiempo juntos, fanal en mano, con la vista puesta en el horizonte, atentos a cuantas noticias puedan llegar de allende los nubarrones. La búsqueda se ha hecho interminable -parece eterna-, como un empecinamiento infantil, una pataleta despechada. Y todo porque un día más o menos lejano, en unas circunstancias para algunos paradójicas, para otros esclarecedoras, premonitorias para todos, esas circunstancias, digo, irisaron el escenario de nuestras respectivas vidas, trastabillando el giróscopo de la nave. De pronto habíamos comenzado a comprender muchas de las rarezas, muchas de las incógnitas que nos acompañaron a lo largo de nuestra existencia. Luego, porque casualidades no hay, los menos letrados supimos que había sido Hashem. Los que de alguna manera estaban mínimamente familiarizados con rezos, giros y denominaciones, dijeron desde un principio que era obra de D”s. Él quiso ponernos en contacto para que caminásemos juntos, como decía, aprendiendo los unos de los otros. Para bien, ya que aunque el horizonte sigue siendo brumoso, nos conformamos y confortamos, santificando tosca y atropelladamente el Shabat, a sabiendas de que ElQueTodoLoSabe perdona nuestras torpezas, nuestros balbuceos e incompetencia.
Hubo un día, un instante, en el que las entendederas se nos iluminaron como los rostros se llenan de luz con las luminarias de la Menorah. Un vestido, una carta, un libro, un comentario, una advertencia “in extremis”; un trozo de lo que parecía ser una vieja toalla, unas idas y venidas en el cuarto más alejado de la casa de los abuelos, o el olor a cera quemada en una visita a la casa del pariente alejado, que no lejano; unos lienzos negros cubriendo cuadros y espejos en el duelo de alguien que no llegamos a conocer, pero que estuvo ahí, esperando que apareciésemos un día. Puede ser, incluso, que se tratara de un sobrecogimiento, un súbito sofoco, cualquier cosa, cualquier nimiedad, lo que utilizara Dios para ponernos a la búsqueda de nosotros mismos, de abrirnos como granadas en sazón y ponernos manos a la obra, en un afán desmedido por aprender, por conocer esa historia que en cierto modo fue compartida, así como esa cultura y el sentimiento de comunidad; adquirir vivencias y hacerlas comunes, junto al folklore, el humor, literatura y, sobre todo, el ritual. Lo más hermoso va penetrando muy poco a poco en nuestra forma de vida, empapando nuestra dermis, nuestra epidermis, hasta llenar el calendario no de fechas, sino de celebraciones.
Tanto nos hemos involucrado que ilusionadamente y sin darnos cuenta, pese a que seguimos estando sobre la acera contemplando la cabalgata, acompañados de nuestros consortes no judíos, sentimos ya como bene-Israel y no como bene-anusim. Nos duele Israel. Y surge de inmediato la pregunta: ¿Hasta cuándo esta invalidez? Y los sentimientos, todos, se rebelan de improviso, porque nadie nos responde. Nadie puede respondernos, lo sabemos y de ahí la impotencia que comienza a invadirnos. ¿Estamos condenados a no poder decir el Shemá Israel en comunidad, sino en solitario, a la intemperie? Quizás D”s nos tenga preparadas más sorpresas. B”H”.
Haim.

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